Hoy, por fin, después de veinticuatro días que llevamos de mes, he sentido noviembre en mi piel.
Caminaba hacia mi casa, con las manos rojas y encogidas del frío dentro de los bolsillos.
Tiritaba. Los dientes me rechinaban y la nariz apenas la sentía.
Hacía muchos meses que no me sentía así. El frío era intenso… de ese que te cala en los huesos sin poder hacer nada para evitarlo. Aceleraba el paso para llegar cuanto antes al calor hogareño.
Con la cabeza agachada, mirando la acera por la que guiaba mis pasos, me he atrevido a soñar…
Me imaginaba que al llegar a casa ibas a estar
tú. Y que dándome un beso y un cálido abrazo para quitarme el frío me ibas a decir: “¿Qué tal te ha ido el día, cariño?”. Después, una cena sería cómplice de nuestras sonrisas.
Pero nada más allá de la realidad. Al llegar a casa estaba esperándome la cena caliente sobre la mesa, seguida de una ducha con agua hirviendo, de esas que tanto me gustan. Que no, no son tus abrazos… pero también consiguen quitarme el frío.