Las decepciones son pequeños fracasos personales, aunque no siempre supongan desastres o males mayores. La decepción del prójimo duele, como daga se clava bien dentro, más aún si ese alguien es cercano. Pero no hay peor decepción que la personal, la que uno se lleva consigo mismo. Esperada o no, consigue hacer sangrar las heridas, asaltar las dudas, los porqués. Hay muchos tipos de dolores en el alma y la decepción de tu propia persona es uno de los que más pesan.
El fracasar es arrancar de un bocado la ilusión, despertar la desconfianza en ti mismo, es saber que algo falló y no pudiste hacer nada para evitarlo. Es rabia, son puñetazos al aire. Fracasar es desengaño y supone mirar en negativo. Es caer y chocarte contra el suelo más firme.
Y, después… levantarte, sacudirte las heridas y seguir caminando.
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