Tengo miedo.
Di tanto que cuando todo acabó me sentí completamente vacía, hice todo cuanto estuvo en mi mano y te lo di todo, bien lo sabes. Pero fallé, o mejor dicho fallaste, y caí.
Me quedé sentada en una esquina del mundo, viendo pasar el tiempo, viendo como te ibas poco a poco, me quedé con las manos llenas de promesas rotas y con el alma llena de sueños que ya no cumpliríamos. Me quedé con todos los besos que me diste guardados bajo llave, con tus caricias tatuadas en mi piel. Me quede con tus miradas bien clavadas en la retina de la memoria, y tus susurros guardados en frascos herméticos de cristal.
Se acabó, no se si llegué a ser consciente de ello alguna vez, pero se acabó.
Y ahora, el efecto secundario de todo lo que hubo es el miedo.
Después de todo ha quedado eso, miedo.
Miedo a no saber querer de nuevo a otra persona, miedo a perder oportunidades por no haber olvidado lo que deje atrás, miedo a comprobar que el tópico de “un clavo saca a otro clavo” no es cierto, y no… no quiero hacer(la) daño, a nadie, pero a ella menos, me da auténtico miedo pensar que puedo hacerla daño.
Siento que el vacío que quedó en mí me impide dar lo que, a pesar de que quiera, no tengo.