Me he vuelto a nuestra ciudad definitiva sin ti, entiendo que no
vinieras a despedirme, nunca te lo he dicho pero odio profundamente
las despedidas. La noche cortaba mucho más que un cristal y, a pesar
del calor pegajoso que desprendía la calefacción del autobús, mi cabeza
estaba demasiado fría y ausente, perdida, vacía de sentido... Y tú...
tú como siempre tan preciosa, quedándote al otro lado de la carretera
con el rostro triste y resignado.
Verás... Hay cosas que aprenderás poco a poco de mí. No te he dicho nunca
que me perturban los corazones sobre la mesa, al igual que poner las
cartas boca arriba en cada jugada. Será cuestión de mis aprensiones,
de mi esclavitud hacia mis desasosiegos, será cuestión de la mezcla
entre mis miedos y tu luz, será cuestión de que la irradiación que
desprendes deja muchas sombras al irte/me. Pero no me arrepiento de
aquella noche sin luna, ni de saltar al vacío pegada a tu cuerpo sin
tomar ninguna medida de seguridad antes.